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La pasión por el vino es algo que en nuestro caso se hereda, como en otras tierras lo hacen usos y costumbres que el paso del tiempo y los regalos de la tierra han perpetuado en nuestros mayores.

Castrillo de Duero, pueblo Vallisoletano y cuna de Juan Martín Diaz, “El Empecinado”, siempre ha olido a vino. Sus bodegas bajo tierra, ubicadas en el monte de Malacuera, que da origen al nombre de nuestra bodega, han sido silenciosas, cómplices del trabajo para elaborar ese vino y de las idas y venidas de cuadrillas dicharacheras, que, siempre en compañía de los vecinos de las bodegas adyacentes, disfrutaban y ensalzaban las bondades de los vinos, de unos y de otros.

Allí, como erigido en una garita de vigilancia, siempre se podía ver a Gerardo de Pico, maestre de una pasión, y diablillo jefe de una cuadrilla de revoltosos, inquietos y divertidos aprendices, nosotros, los hoy aventureros en esta nueva empresa.

De él heredamos el amor por el vino, el conocimiento de los secretos de su elaboración, lo que es aún más importante, el concepto de amistad, un concepto que debería ir con letras mayúsculas, y que con su fallecimiento y su memoria nació Bodegas Malacuera.